Mi vaso verde
A Enriqueta E. Ellis
Mi vaso glauco, pálido y amado,
donde guardo mis flores predilectas,
tiene el color de las marinas algas,
tiene el color de la esperanza muerta...
Las flores tristes, las dolientes flores
en el agua del vaso se refrescan,
y bañan sus corolas pensativas
en una blanca idealidad de perlas.
Y luego se van lejos... se marchitan
abandonadas, pálidas, enfermas,
muy lejos del cariño de ese vaso
que es del color de la esperanza muerta.
Y cuando sola, pensativa, herida
por la eterna nostalgia,
siento un perfume triste, moribundo,
que llega hasta mi alma...
pienso en mis pobres flores, las marchitas,
las enfermas, dolientes y olvidadas,
que antes de marchitarse se despiden
tristísimas y trágicas
de ese vaso de pálidos reflejos
que es del color de las marinas algas...
La Serenata de Schubert
A Max Henríquez Ureña
Las notas del pesar hirió el artista,
y al doliente gemir del oceano
su música divina habló a mi alma
ese lenguaje trágico
que en noche triste hablaron al poeta
la virgen muerta y el callado piano.
Sollozaban las notas en el éter.
En mi alma el dolor siempre vibrante
sólo espera que un eco lo despierte
y ese eco fue tu piano; delirante
lo sentí palpitar, clavar su garra,
que el poder del artista es siempre grande:
él sólo puede dominar las almas
y en ellas despertar negros pesares.
De una ilusión perdida cada nota
semejaba, al vibrar, la despedida;
y al continuo surgir de amores muertos,
de mi propio dolor compadecida,
parecióme mi vida un gran desierto
mi alma una tumba solitaria,
un páramo sin luz donde el Ensueño
al rudo batallar quebró sus alas,
un sepulcro muy frío y muy oscuro
en donde muerto el Ideal estaba.
Y tú sufrías también; en cada nota
una queja de tu alma se exhalaba:
era el dolor que en flores de armonía
sobre el blanco marfil se deslizaba.
No sé qué ocultas penas,
con tu música mística expresabas,
mientras el mar gimiendo allá a lo lejos
con dolientes murmullos contestaba.
Yo sólo sé que tu dolor tan grande
me pareció de mi dolor hermano,
cuando hablaste a mi alma aquella noche
ese lenguaje trágico,
que en hora triste hablaron el poeta
la virgen muerta y el callado piano...
Altagracia Zoraida Saviñón y Saviñón, Tatá para sus familiares y amigos, nació en Santo Domingo el 28 de septiembre de 1886, hija de José Francisco Saviñón y Águeda Filomena Saviñón Bordas.
Una gran amistad la unió al poeta Osvaldo Bazil, del que se dice estuvo enamorada. Pero tan brillantes perspectivas terminaron en una tragedia personal: pierde la razón siendo aún muy joven y termina su vida, lamentablemente, en una celda del manicomio Padre Billini, entonces situado en la parte sur del antiguo convento de San Francisco. Aún se la recuerda con su sayón gris de San Francisco, pelo cortado al rape y una mueca de extravío en el rostro, garabateando posibles versos en las paredes desportilladas de aquel centro de beneficencia. De acuerdo al psiquiatra Antonio Zaglul, Tatá padecía una esquizofrenia de tipo paranoide, cuya primera explosión psicótica apareció a los treinta y ocho años.
El 3 de mayo de 1903 aparece en La Cuna de América «Mi vaso verde», una composición que habría de inmortalizar a su autora hasta el extremo de que sólo por ella ha logrado ocupar un puesto de honor en el parnaso dominicano, debido a que introduce entre nosotros el simbolismo.
Altagracia Saviñón no tuvo tiempo de escribir su obra, de la que apenas ha llegado a nosotros un par de poemas menores y dos prosas de gran fuerza poética publicadas en La Cuna de América. Sorprende, en un momento propicio a todo tipo de retórica, que una muchacha de 17 años, en sus inicios poéticos, haya producido versos tan depurados, tan avanzados en su factura y en sus imágenes como los de «Mi vaso verde». Muchos de sus artículos los firmó con el seudónimo de Violeta de la Fronda.
Dice el Dr. Mariano Lebrón Saviñón, primo de Tatá y también poeta: "Altagracia Saviñón pertenece al modernismo, hay quienes dicen que ella fue quien lo introdujo en Santo Domingo... Cantarle a un vaso verde tan llena de nostalgia, tan llena de tristeza, porque era una mujer muy sufrida, hermosa, pero enferma. Para Max Henríquez Ureña, ese es el primer poema modernista del país, por lo cual, la pone como pionera, contrario a la corriente que le daba este honor a Valentín Giró. Mi Vaso verde se publicó en 1900 y la Virgínea, de Giró, en 1902, de modo que ella es la introductora del modernismo en Santo Domingo".
Otro poema que posee iguales o parecidos méritos sería «Incendio» de Gastón Fernando Deligne, poema de juventud que desestimado por su autor, quedó en manos de particulares, por lo que fue conocido tardíamente.
Murió en su ciudad natal el 23 de diciembre de 1942.