


Nació en la Romana, República Dominicana, el 21 de marzo de 1951. Inició sus estudios de pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes de San Francisco de Macorís en 1963 obteniendo una beca del Estado Dominicano para continuar sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Santo Domingo en 1968, donde concluye con talleres de Pintura al Óleo y Pintura Mural bajo la guía del maestro dominicano de la plástica, Jaime Colson.
Ureña Rib se gradúa como Bachiller en Filosofía y Letras en 1968 y realiza estudios de lenguas extranjeras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde aprende Inglés, Francés, Alemán, Portugués e Italiano.
Durante 1973 y 1974 reside en España y realiza extensos viajes de estudio por Europa Central y el Norte de África. Con el aval del insigne escritor español, don Gregorio Marañón, exhibe en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid y en los homólogos institutos de Barcelona y Soria y en el Museo de Bellas Artes de Málaga.
En Europa estudia técnicas de pintura flamenca y veneciana. Desde 1975 Fernando Ureña Rib exhibe sus obras en museos y galerías de Europa, sobresaliendo las exposiciones presentadas en el Deutsche Bank, de Bonn, Alemania en 1982 y la muestra del 12 de Octubre de 1988 en el Instituto Ítalo Latinoamericano de Roma, a la que asiste en pleno el cuerpo diplomático y altos dignatarios de la Iglesia. En 1977 recibe una invitación del Departamento de Estado de los Estados Unidos para conocer los Museos e Institutos de Arte más importantes de ese país y en el 2007 recibe una invitación similar del gobierno japonés.
Ureña Rib ha publicado cuentos: FÁBULAS URBANAS, EL OLOR DE LAS YEGUAS, LAS CUATRO PATAS DEL DIABLO, OTRA VERSIÓN DEL PARAÍSO, LA SELVA DE LOS MALENTENDIDOS, LA CANASTA DE LOS DESEOS. Los libros monográficos: Fernando Ureña Rib, Decir la piel o las discretas orgías del silencio, Los desnudos de Ureña Rib
EL OLOR DE LAS YEGUAS
El olor de las yeguas es más intenso en las noches de octubre, cuando la luna está alta y un viento cálido lo trae silbando desde las montañas. Y no sé por qué ese olor me impregna ligereza de alas, haciéndome correr a galope entre las malezas del río hasta los abrevaderos de Manabao, donde pasto inquieto hasta el amanecer.
Conozco bien las quebradas y el sendero, así que logro evitar sin esfuerzo las púas mientras voy saltando sobre las cercas de alambre y sobre las hondonadas. Nunca me extravío ni me amedrento mientras cruzo como un rayo el negro laberinto de los cafetales.
Antes de las primeras luces alcanzo a ver las yeguas saltando enloquecidasen la meseta. Me quedo largo rato mirándolas, encabritado, haciendo sonar los cascos o moviendo la crin de un lado a otro, estirando el cuello y ondeándolo, ondeándolo, hasta que alguna potra se acerca a mí con sus braceos y sus danzas y me invita a trotar alrededor del pequeño lago que corona esos montes. Muchas veces bajamos por las pendientes cubiertas de pangola y pachulí que están al otro lado de las empalizadas. Cuando ya estamos solos, ella acerca su pescuezo al mío, acaricia mi pelambre y muerde suavemente mis orejas.
Pero el olor se hace mucho más dulce y penetrante y un calor ansioso me impulsa a dar brincos sin querer. Olor que se apodera de mi grupa hasta el punto que no veo otra cosa que sus ancas enceradas y relucientes y lo único que ansío es montar sobre su dorso. Pero ella no me deja alcanzarla. Juega, salta y corretea innecesariamente, haciéndome perseguir la hasta los despeñaderos más altos o empujándome con el hocico hasta las chorreras donde se precipita el agua fresca de los manantiales y es allí, en sus aguas de plata, donde creo liberarme, jadeante y exhausto, del dichoso olor de lasyeguas.
Fernando Ureña Rib